Momentos en la pintura de Octavio Mendoza

Por Enzo Santamaría Tangredi

Hoy lo nuevo ya no es tan joven: tiene por lo menos sesenta años: Las clases altas, usuales poseedoras de lo nuevo, ya se han acostumbrado a su ruido, forma parte de su elemento natural. El mundo giró de la guerra fría al llamado “fin de la historia”, para entrar de nuevo, en nuestros días, a otra especie de guerra fría.

En la década de los setenta, siendo estudiante universitario, el pintor Octavio Mendoza vivió la prevalencia del sentido crítico de la sociedad con los binóculos prestados del marxismo  y el maoísmo.

Se trataba del ideario político que supuestamente nos llevaría a una arcadia donde desaparecerían hasta la tristeza y el odio, la impotencia, la eyaculación precoz, la desigualdad y otros problemas sociales por cuenta del manejo que un partido armado y dominante daría a los medios de producción: era la redención marxista. De otro lado estaba la mohosa visión  liberal y conservadora, aun presente, que nos hablaba de una gesta anestesiada de héroes, presidentes y ejecutivos que nos han llevado a la prevalencia económica del 6% de la cúpula dominante.

Para el pintor Mendoza esta confusión se reflejaba de alguna manera en una imagen donde la ciudad era la escenografía y el habitáculo de  personajes con carga expresiva, exponentes de tribus sociales que, en síntesis, reflejaban las luces fosforescentes del alma individual y colectiva.

La convicción de que el mundo seria cada vez mas un paraíso se vino abajo y aparecieron sucesivamente movimientos artísticos que confirmaron esta situación, desde el expresionismo abstracto al pop y los llamados post-vanguardistas que incorporaron la cultura de las masas.

En el desarrollo de su trabajo, Mendoza le dio importancia a algunas manchas accidentales que aparecieron en sus obras iniciales, que trataban generalmente de esquinas donde no había héroes pero sí algunas mujeres de raza nocturna.

Las manchas fueron creciendo en importancia y se convirtieron en accidentes manipulados mediante pintura líquida hasta llegar al punto en donde la representación  se asoció con abstracción. También aparecieron en su trabajo nuevos asuntos, la conciencia de que cada cuadro es un ensayo hacia algo diferente y la certidumbre de que la confusión social de finales del siglo XX  y comienzos del siglo XXI de alguna manera debería reflejarse en una individualidad libre, capaz de tratar un tema y luego otro, pasando de lo racional a lo irracional.  De  ahí la necesidad de desconocer la división entre representación y abstracción.

A partir de ahí la guía fue para Mendoza la sensualidad presente en las obras, estar atento aun a la jerga de la calle y a cualquier figura empapelada que le hablara a los sentidos. De cómo el arte transforma estas sugerencias sencillas en obras  forma parte de la potencialidad del mundo individual de los sentimientos,  pero Mendoza es consciente  de que aun el sueño transmutado en obras entra a formar parte del conocimiento general del mundo, comunicado con medios de naturaleza diferente. Y de esto nos puede hablar bien sea una obra que nos recuerde una estación de trenes, una plaza con transeúntes buscando el sueño, grupos de mujeres imaginando un destino o esperando nuevos días, o restos de ciudades asomándose en el fondo de paisajes inundados, o sombras urbanas alejándose hasta perderse; de todas formas nos recuerdan la ambigüedad y sugestión de la vida. En términos generales, formas de representación entre figuración y abstracción que nos recuerdan los mitos de la ciudad, la mujer y el paisaje.

Bogotá, octubre 2008.

 
     

Toda información e imagen digital en este sitio tiene derechos reservados y no puede ser comprada, vendida, o de alguna manera reproducida
comercialmente, sin el consentimiento escrito del artista, representante, u otro dueño legal registrado de la imagen
original y/o propiedad intelectual. Copyright ©. Todos los derechos reservados.